La industria de los videojuegos cada vez lo tiene más difícil. No hablamos de la piratería, sino de las leyes que pretenden prohibir los “juegos violentos”, como la que se discute ahora en California. Los videojuegos siempre han sido duramente criticados. Una de las últimas víctimas: Medal of Honor.

Juegos que no interesan
Es chocante que alguien piense que es aceptable recrear actos de los talibanes. A manos de ellos, niños han perdido a sus padres y mujeres han perdido sus maridos.
Estoy disgustado y enojado. Es difícil creer que cualquier ciudadano de nuestro país desee comprar un juego anti-británico. Hago un llamado a los tiendas para mostrar su respeto por las fuerzas armadas y boicotear este producto vacío.
Estas palabras las dijo el Secretario de Defensa de Reino Unido como protesta por la última edición de Medal of Honor y su campaña en Afganistán. La causa de tanto revuelo ha sido que el juego tiene dos bandos: el norteamericano y el talibán, y por tanto, puedes jugar en la piel de ambos. Jugar como soldado norteamericano y matar talibanes es muy bonito, pero meterse en la piel de un talibán y matar a norteamericanos no tanto, así que no ha hecho ninguna gracia en una época donde el enemigo número uno es el mundo arabo-islámico.
Electronic Arts se vio obligada a cambiar el nombre “talibán” por “fuerza de oposición”. Y todos contentos. O no, porque el juego llegó a molestar tanto que fue prohibido por el Pentágono en las bases militares. Así que los soldados más “frikis” que quieran jugarlo tendrán que esperar a pasar las Navidades en casa.
En Alemania la polémica reciente llegó de la mano de 1.378 Km, un juego sobre el muro de Berlín hecho como proyecto de fin de carrera por un universitario con la intención de acercar la historia a los jóvenes. Pues tampoco ha gustado, a pesar de su intención didáctica y de pretender animar a los jugadores a la reflexión. Algunas víctimas del comunismo ya han puesto el grito en el cielo diciendo que “los disparos no eran un juego”. Suponemos que tampoco eran ficción, pero a pesar de ello, sí se permiten películas sobre el tema.

¿Conocéis el juego September 12th? Es el de la imagen de la izquierda. Con él se podía bombardear a la población árabe como respuesta a los atentados de Nueva York de 2001, simulando la reacción real que emprendió el gobierno de Bush. En el juego, por cada víctima civil se reconvertía un ciudadano en terrorista, así que era una buena crítica que pretendía reflexionar sobre que la violencia genera más violencia, pero fue visto por las autoridades como un juego de violencia gratuita que incentivaba las matanzas civiles. Cuánta demagogia, políticos que quieren juegos educativos y pacíficos mientras ellos hacen sus guerras reales.
En España tuvimos nuestra ración de historia cercana con Sombras de Guerra en 2007, que trataba sobre la guerra civil española. Al margen de su dudosa calidad como juego, los términos levantaron ampollas. El bando “nacional” debería haberse llamado “sublevado”. Con el juego, podías cambiar la historia simulando una República victoriosa o repetirla del bando franquista.
Los juegos de guerra suelen ser los que más polémica levantan porque suelen hacer referencia a episodios históricos reales con todo lo que eso comporta. Pero también ha habido clásicos que han sufrido sus críticas, casi siempre irracionales. El inofensivo Pacman fue acusado de canibalismo (y no es un chiste) y Mortal Kombat fue prohibido en muchos países porque los gráficos comenzaban a perfeccionarse y los personajes cada vez se parecían más a las personas de carne y hueso.
Sin duda, uno de los más polémicos en la historia de los videojuegos fue Carmageddon allá por el año 1997, donde
interpretábamos a un loco al volante al que le daban puntos por atropellar peatones. Aunque la regulación todavía era muy inmadura en el sector, se dejó muy claro desde el principio que era un juego para adultos. En España se prohibió un tiempo, aunque finalmente se levantó el veto. Es curioso el caso de Alemania, que lo censuró hasta que salió la nueva versión que cambiaba los peatones por robots y zombis.
GTA y su mundo de mafias, robos, extorsión y asesinatos no iba a ser menos. El GTA San Andreas hizo que los estadounidenses más reaccionarios se llevaran las manos a la cabeza por escenas de sexo a modo de minijuego. No estaban en el juego que se puso a la venta, pero que podían descargarse con parches en Internet. Lo curioso es que alertara más el sexo que la violencia explícita.
Por supuesto, no debemos olvidar que muchas veces las polémicas censoras han sido positivas para los videojuegos, ya que les han brindado la oportunidad de aparecer en los diarios y en los medios de comunicación. Publicidad gratuita, vamos.
Prohibiendo a golpe de leyes
Pues bien, viendo cómo está el panorama, algunos países ya están discutiendo cómo cortar por lo sano las polémicas relacionadas con los videojuegos. Y lo harán como saben hacerlo los políticos: con leyes. En California ya se quiere hacer una enmienda para prohibir la venta de videojuegos violentos a menores. El problema es que la industria de los videojuegos teme que sea el inicio hacia la persecución de esta forma de ocio. Quieren que se considere, de una vez por todas, a los videojuegos como arte, para estar culturalmente blindados de la misma forma que el cien. El senador de California ha defendido su propuesta diciendo:
“Está bien reconocido que los valores de la sociedad están servidos por la libertad de consumir material, aunque eso no justifica el reconocer derechos constitucionales a los menores de la misma magnitud que si fueran adultos”.
El problema es que consideremos que todos los videojuegos son para niños. De la misma forma que no todas las películas son para niños, tampoco lo son todos los videojuegos. Sin embargo, nadie se escandaliza porque una familia con hijos pequeños vea las junglas de cristal de Bruce Willis donde hay explosiones, disparos y violencia en general. ¿Por qué esa comprensión con el cine y esa persecución a los videojuegos?
Amnistía Internacional, que en otros ámbitos hace grandes labores, patina respecto a los videojuegos. La organización dice en su misma página web que desde 1999 le preocupa “la falta de una legislación específica que garantice el control en el acceso de los y las menores” a los videojuegos. ¿La preocupación no debería ir más encaminada a la responsabilidad de los padres y no a demonizar a los videojuegos a golpe de leyes? De hecho, en un informe de 2006, Amnistía Internacional demostró claramente su mala orientación: “La protección de los derechos de la infancia está en manos de la voluntariedad de las empresas que comercializan los videojuegos”.
Una vez más, no tenemos en cuenta que los videojuegos no son juguetes para niños, sino que cada uno está destinado a un público diferente. En este blog, un compañero escribió un interesante artículo sobre el PEGI, el sistema europeo de clasificación del contenido de los videojuegos según edades y temáticas.
Si asumimos a los videojuegos como un nuevo arte y lo valoramos igual que al resto, y si padres se responsabilizan de lo que hacen sus hijos y comprueban el PEGI, no son necesarias las leyes criminalizadoras. Ni tampoco comentarios tan eruditos (nótese la ironía) como que Warcraft es un juego racista porque los humanos aniquilan a la raza de los orcos. De nuevo, quisiera aclarar que no es un chiste. Los videojuegos no son los malos de la película.
















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